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Home Inmigración Historia - Chocolates suizos para Fidel

Historia - Chocolates suizos para Fidel

Por: Pilar Velasquez

Mensaje de texto: “No te preocupes, estoy bien. Diles a todos que he desertado”.

Este fue el último mensaje que envió Susana al celular de su colega de trabajo cuando ya había pasado la frontera Colombo-Venezolana. 26 horas de viaje se convirtieron en su pasaporte a la libertad después de haber vivido cinco años trabajando como odontóloga para el gobierno cubano en Venezuela a través del programa del Presidente Hugo Chávez: Misión Barrio Adentro.

Un programa diseñado para ofrecer servicios de salud a la población venezolana en lugares inaccesibles y zonas de bajos recursos del país con ayuda de personal de salud cubana y venezolana. De esta manera, muchos médicos y profesionales de salud cubanos han llegado a vivir y trabajar en Venezuela con la ventaja de recibir ciertos beneficios económicos pero al mismo tiempo, cumpliendo ciertos requisitos establecidos para que no puedan moverse de su lugar de trabajo.

Y es que Cuba es tierra de tabacos, ron y salsa. Tierra de mar caribe y playas blancas. Tierra de gente sonriente y extrovertida. Tierra de música, tambores, turismo, mujeres hermosas y un paraíso para miles de extranjeros que la visitan cada año. Pero también es tierra de gente con sueños encarcelados en una ley que no les permite salir de la isla.

Así me lo cuentan Susana y su novio Carlos quienes acaban de llegar a Suiza después de haber atravesado fronteras y mares para poder empezar a construir un futuro nuevo en el viejo continente.

Me permito contar esta historia casi en primera persona porque unas semanas antes de que Susana comenzara su travesía por las carreteras de Venezuela y Colombia, Carlos ya me había comentado su plan de ayudarla a “escapar”. Sin querer entonces, me convertí en su cómplice de dudas e incertidumbres pero con las manos atadas porque realmente no podía hacer absolutamente nada por ellos.

Una botella de vino, copas y platos de pastas acompañan el relato de Susana y Carlos quienes, con ojos de embriaguez y euforia me cuentan la aventura de haber logrado un sueño: Escapar del control del gobierno cubano.

Con todo lo que me cuentan es como si estuviera leyendo un libro del siglo XVI, pero cuando verifico la fecha de imprenta dice: “mayo de 2009”!

Buscando el mejor plan

En marzo de este año, Carlos, un joven de padres bolivianos y viviendo en Suiza con pasaporte helvético, me comparte su plan de “rescate”: Viajar a Venezuela, encontrarse con su novia cubana, y comenzar a recorrer 700 kilómetros hasta la frontera con Colombia; lograr eludir a las autoridades y llegar a Cúcuta para por fin tomar rumbo a Bogotá dónde se puede pedir la visa americana para Susana, ya que Estados Unidos tiene programas especiales para cubanos desertores. Con esta visa esperar que ella viaje a Miami, casarse con ella y darle el permiso de residencia suizo. Su única pregunta: Cómo está actualmente la situación de la frontera Colombo-Venezolana?

Los días de marzo transcurren entre búsqueda de información y llamadas a Venezuela. La distancia se convierte en la enemiga de las respuestas. Ni Susana, ni Carlos podrían saber a ciencia cierta las condiciones de los limítrofes hasta no llegar directamente a ese lugar. Sin soluciones claras, el 1 de abril de 2009 Carlos toma un avión para Caracas. Un primer mensaje suyo llega a mi celular: “Salgo para Venezuela. Parece que hay cambio de planes y ya no pasaremos la frontera. Te estaré contando”

Carlos se reencuentra con su novia. El pueblo perdido donde ella vive queda a casi una hora de Caracas. El centro médico donde Susana trabaja vigila constantemente sus movimientos. Estar fuera de ese lugar por unas cuantas horas ya es signo de sospecha. Todos saben (entre médicos cubanos y venezolanos), que cuando alguien desaparece por más de 24 horas ya es considerado como desertor. Susana tiene que encontrar la manera de salir de allí sin que nadie se de cuenta.

Recibo un segundo mensaje: “Estoy en Venezuela y la vía que teníamos no funciona. Así que tenemos que volver a la primera idea. Pasar la frontera es la única solución. Ni te imaginas cómo estamos. Saludos”

Mi única colaboración era darles apoyo moral. No conocía a nadie ni en Venezuela ni en Colombia que pudiera ayudarles con este caso. Un mes después me enteré de todos los detalles de esta travesía.

Protagonistas de una realidad

Carlos le da un beso a Susana. Ambos tienen lágrimas en los ojos a punto de desbordarse. No es la pantalla del televisor lo que causa enrojar sus ojos. Es la historia que cuenta un reconocido periodista en uno de sus tantos reportajes que produce para la televisión colombiana. Una pareja de cubanos huyendo de Venezuela pasan a pié la frontera y llegan a Bogotá después de varias horas de carretera. El periodista los acompaña en su peripecia relatando cada uno de los pasos, decisiones y emociones de estos dos médicos desertores.

El programa lo vemos juntos en mi casa. Es un DVD que han traído Carlos y Susana de Colombia. La primera botella de vino ya se ha acabado pero los motivos para celebrar siguen latentes. Vale la pena entonces abrir una segunda. Las copas se llenan y se van consumiendo, al pasar las horas, mientras avanza el relato de mis amigos enamorados.

Susana es una joven de 28 años. Pelo largo y ojos marrones. Su sonrisa, como buena odontóloga, es agradable y abierta. Me cuenta, sin soltar las manos de su novio, que para salir de su casa tuvo que esperar a que su compañera de cuarto y colega de servicio médico saliera a trabajar. Empacó cinco años de vida en un solo bolso y salió dejando la puerta sin llave. A las 11 de la mañana se encuentra con Carlos, van juntos hasta Caracas y desde allí Susana toma un pequeño camión de mercancía para equipos electrónicos que la llevará hasta Cúcuta, ciudad colombiana, símbolo y, al mismo tiempo, única evidencia de su libertad.

Sin Carlos, 15 horas de carretera, sentada entre dos hombres desconocidos, dolores estomacales, y con una mezcla de ansiedad, incertidumbre y esperanza atorados en la garganta, Susana intercambia constantemente mensajes de texto con su novio, quien se ha ido como turista en un bus que hará el mismo recorrido algunas horas más tarde.

Llega el tercer mensaje de Carlos que aún guardo en mi celular: “Hoy pasaremos la frontera. “Si Dios quiere, mañana estaremos en Colombia. Esto es de película. Saludos y reza por nosotros”.

Ese 6 de abril, su única meta es salir de Venezuela. El tiempo se queda en stand by para Susana. Las horas se hacen cada vez más largas, la angustia crece con cada kilómetro recorrido. Es su única oportunidad, la única ocasión para escapar, huir, fugarse y desertar. Cruzar la línea se convertirá en su renacer, en empezar desde cero y cortar los lazos con su Cuba por muchos años.

Susana llega a la frontera, al mismo puente donde algunos meses antes el cantante colombiano Juanes estuvo dando su famoso concierto de La Paz como un símbolo para la unión de los dos pueblos. Allí estaba esta cubana dentro de una pequeña camioneta,  esperando que nadie le pidiera papeles, con el miedo paralizando sus piernas, el corazón golpeándole los nervios y con la última gota de esperanza que le quedaba.

Un guarda hace parar el carro, le pide al chofer que se baje y presente sus documentos. Revisa la mercancía, hace algunas preguntas sobre su viaje y mira a Susana quien sólo puede mantener los ojos observando sus propios pies. El policía no pregunta ni su nombre y haciendo un gesto con la mano les indica que pueden seguir.

La sangre acumulada en la cabeza baja a chorros por el cuerpo de Susana. La tensión ha llegado a su punto máximo y sólo hasta ahora logra soltarla. Susana sonríe y los recuerdos de cinco años de trabajo en Venezuela los deja enterrados debajo de aquel puente.

A donde fueres haz lo que vieres…

Cúcuta, 12 del mediodía. Susana y Carlos se encuentran en una agencia de servicio postal en el centro de la ciudad. Aunque el calor los ahoga, la emoción no cabe en sus cuerpos. Se abrazan, se miran y se tocan para cerciorarse de que no están soñando. Han llegado a Colombia. Un país que nunca habían visitado y que sólo conocían por mapas, fotos y cursos de geografía de tercer año de secundaria. Horas después toman un bus para la capital donde llegan a dormir a un pequeño hotel tras dos días de viaje.

Despiertan entonces en otro país y en otra realidad. Comienzan las visitas a embajadas, las llamadas de espera, las filas eternas, las fotocopias, las fotos, clasificación de documentos, papeles y certificados. Al mismo tiempo, conocen gente, encuentran cubanos en la misma situación, compatriotas que también han desertado y que han esperado hasta más de un año una carta de la embajada americana para poder salir legalmente del aeropuerto de Bogotá.

La embajada suiza les da una buena noticia: Susana con su pasaporte oficial, que posee por estar trabajando con el gobierno cubano, puede entrar al país alpino sin necesidad de visa. El único impedimento es que como cubana había entrado ilegal a Colombia y por lo tanto, no podría salir del país.

Carlos me envía su último mensaje desde el extranjero: “Hemos pasado la frontera. Estamos en Bogota. Vuelvo a Suiza en dos días y te cuento todo”.

Mi amigo entonces debe volver a su vida cotidiana y dejar a Susana resolviendo su futuro. Dudas, preguntas, e inciertos se quedan atados a un abrazo largo de despedida. Carlos sólo pudo tomarse unos cuantos días libres en su trabajo para acompañar a Susana en su fuga pero ahora, en medio de lágrimas y angustias, tendrá que continuar con su realidad en el país alpino.

Susana se queda sola en la capital. Aproximadamente 7 millones de habitantes la rodean. Cada uno con su historia, vida  y preocupaciones mientras ella trata de resolver una salida legal de aquella ciudad. Irónicamente, la odontóloga cubana tiene entrada libre al viejo continente pero no puede salir del país suramericano hasta no legalizar su residencia allí.

La refugiada renuncia a su refugio

Por aquellos días, Carlos ya había regresado a Suiza. Ni el trabajo lograba distraerlo de aquella situación sin salida. En una llamada telefónica pudo resumirme su semana de eventos vertiginosos, fascinantes y trastornados. Lo único que le quedaba por hacer era esperar. Seguía día a día los avances de las averiguaciones y papeleos de Susana. Sin embargo, no podía predecir el día de su reencuentro con ella.

Susana, por su lado, amanecía y se acostaba con informaciones nuevas de gente que le hablaba, de colombianos que la hospedaban, de cubanos que le contaban sus historias y que querían ayudarle a encontrar una salida. Susana tampoco sabía el día de su partida.

En alguna de las tantas oficinas burocráticas de la capital le dijeron que para salir de Colombia primero debía legalizarse. En pocas palabras: pedir refugio. Acude entonces a la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, ACNUR. Dos practicantes de la Universidad Javeriana le ayudan en su trámite. De un día a otro, Susana se convierte en una refugiada.

Al ver que ya estaba legal en Colombia, esta odontóloga cubana regresa a aquella oficina burocrática. Lo único que necesitaba era un papel que la dejara salir del país. Pero como la burocracia se distingue por sus malos hábitos, torpezas y complicaciones, la oficina, salida de un cuento de Kafka, le dice que puede proporcionarle dicho documento con la condición de que renuncie a su estatus de refugiada. Es decir, una vez obtenga el refugio, renuncie a ello para que en el aeropuerto de Bogotá pueda tomar un avión que la lleve al destino que prefiera. De todas maneras, se puede decir que Susana fue refugiada, al menos por unos días.

Tres botellas de vino se acaban

Sin querer, y entre charla y charla, la tercera botella de vino se ha acabado. Susana y Carlos siguen sin soltarse la mano. Estupefactos por la historia, y no por el vino, seguimos sin creer que Carlos haya tomado el avión para Caracas un primero de abril, y Susana haya llegado a Ginebra el 30 del mismo mes. Un tiempo suficiente para darse cuenta del absurdo de la historia del siglo XXI: que en medio de la tecnología, el progreso, los avances científicos, la Internet, la globalización, y 65 años de acuerdos de Bretton Woods, el mundo todavía quiera ignorar las desgracias que trae delimitar el mundo en fronteras pintadas en mapas. Si la humanidad es una sola, ¿por qué seguir separándola?

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****Los nombres de los protagonistas de este reportaje han sido cambiados por razones de seguridad.